Nascida em 1987, em Caracas, Cristina Gálvez Martos, hoje, mora em Montevideo (Uruguai) e é um dos principais expoentes da literatura venezuelana no exterior. Em 2013 ela ganhou concurso para autores não  publicado da Monte Ávila Editores, na categoria poesia.

Seus poemas, pela primeira vez publicados, obtiveram menção na sexta edição do Concurso Nacional de Poesia da Venezuela. Ela estudou em oficinas e cursos de escrita criativa e, hoje, acumula algumas participações em antologias poéticas publicadas no Reino Unido, Porto Rico, Itália, Argentina e Venezuela.

No seu acúmulo de premiações, obteve o segundo lugar no Concurso de Narrativas da Associação Uruguaia de Escritores, com sua história “O Garoto da Água”; bem como o primeiro lugar no prêmio de poesia Saúl Ibargoyen, organizado pela Casa dos Escritores do Uruguai. Atualmente, colabora com portais culturais como Liberoamerica e Clave de Libros.

Enviamos algumas perguntas para Cristina. Espero que ela aceite responder e traremos, em 2020, uma entrevista com ela. Por enquanto ficamos com três poemas seus. Três jóias. Viva a revolução.

TRAVESÍA

Descubriré una huella de pie grande en la arena
una estrella desprendida y un colibrí dormido,
aprenderé una nueva álgebra
algo que no conocía encenderá mi lámpara.
Y te guardaré con ternura, papá, en la cálida habitación de mi pecho
y destrancaré ese río contenido y amargo.
Escribiré en jeroglíficos el nombre de mi hermano
caído en su avioneta una madrugada de agosto.
Mi hermano que no encontraron en el mar
que no volví a encontrar, más allá de esa voz desgarrada que me anunció su muerte.
Ese día maldije y conjuré un sol negro
y me abrió una raja, el ala de ese ángel de metal
que los habitantes de La Guaira vieron surcar el cielo como un fuego fatuo.
Leeré Juan Salvador Gaviota para recordarlo a él
— Capitán Nelson Bejarano, grande como sus sueños—
porque Richard Bach también era piloto
y Juan Salvador amaba volar
aunque la muerte fuese un riesgo inherente a la libertad.
Encontraré vivos los huesos de mi madre
toda ojos, la encontraré viva y sonriente
después del sufrimiento.
Hallaré de nuevo mis objetos
mi viejo olor, los duendes de la biblioteca
el espejo y la ropa colgada
mi propia forma escurrida,
como una piel de vieja serpiente.
Recordaré los poemas de mi infancia
palabra tras palabra, aprenderé nuevos poemas
elevaré cada sílaba como brillantes gránulos,
la canción de la luna será roja e inocente.
Miraré a quien besó la piedra del hambre
nunca habrá estado la calle más sucia
ni nosotros más simples y valientes.
A Ítaca se llega cuando el deseo es demasiado grande
Aunque Ítaca esté en llamas, aunque Ítaca esté ya medio muerta.

ANIMAL QUE SUEÑA

Afuera, la calle está sola, las aceras brillan, húmedas,
reflejan pequeños soles de la noche.
Hace frío.
Un grupo de mendigos levantó un campamento en la esquina,
con sacos de dormir, cartones, cobijas.
Hace rato bebían, fumaban, hablaban
a los gritos, lunáticos, señalando el cielo.
Ahora posiblemente duerman.
La gata gris se estira y encoge, en medio
de su sueño. Tensa las patitas enguantadas de blanco,
el vientre redondo, también blanco, se eleva y desciende.
Contemplo su inocencia en la esquina de la cama,
una sensación cálida. Al menos ella tiene resguardo.
Mis propios sueños me asedian desde el techo
de la habitación. Descenderán cuando cierre los ojos.
Qué traerán hoy: escenarios psicodélicos, fuegos encendidos,
la visión callada de mi padre, a mi costado.
Animales de poder que me acompañen en la travesía
angustiante, por esa playa nocturna —la arena blanquísima,
el agua encendida de turquesa —.
Cuando despierte, los iré perdiendo: un jirón de
sueño quedará entre las sábanas; al entrar al baño y
lavar mi cara, se irán las imágenes junto al agua.
Iré dejando fragmentos en la cocina, entre las tazas,
vasos, las galletas del desayuno.
El café inyectará mi sangre para hacer frente al día,
y el último sueño será una pelusa caída en una esquina.
El mundo vibra al tempo de nuestra sombra,
una composición colectiva,
saco de luz que se expande y retrae,
animal que sueña.
Hay notas tristes, notas serenas como gotas de ámbar,
notas alegres como hojas de hierba;
notas oscuras, clavando sus raíces en el cemento.
El sueño es nuestra amalgama, el líquido amniótico
de mendigos, niños y madres, obreros y empresarios
animales árboles.
Late su gran corazón,
una misma máquina infinita.

CABEZA DE DIAMANTE

Bajé a la rosa de mi corazón y allí había una serpiente negra.
Ella contó la historia antes de mi nacimiento
y me mostró algo que he llevado siempre
Llamémosle Cruz Miedo o Fantasma.
La serpiente negra cabeza-de-diamante me preguntó por mi poder:
¿Qué has hecho con él y dónde lo guardaste?
Fue cuando supe que nada he entendido del Amor.
Miramos algunas imágenes: yo era una niña en una casa vacía,
siempre pensaron en mí como un recipiente donde verter
y no como un cántaro que ya venía lleno.
Muchos consejos y pocas preguntas.
Entonces, yo pensé que las partes de mí misma estaban afuera
que yo debía identificarlas y juntarlas
como Isis juntó las partes de Osiris derramadas.
¿Qué hay de todo esto que pueda ser mío?
Así fue como perdí un sentido parecido al olfato.
Cada quien tiene una forma particular de herir y ser herido
he ahí nuestro acertijo.
¿Cómo se hace eso de encontrar un espejo y aparearte con él?
No me dejaron siquiera inventarlo o descubrirlo.
Suerte que el corazón tiene una puerta para las resurrecciones
debo estar ahí como en una cabaña de calor
avivando el fuego.
La serpiente me da preguntas que son respuestas
cuidadosa, aprendo este gesto que nadie me ha prestado.